CORTIJOS

Durante la presencia romana, la explotación de la riqueza agrícola se producía alrededor de las ciudades, mediante un cultivo extensivo en las zonas llanas de lo que se denomina la triada mediterránea: cereales, vid y olivo, que necesitaban muy poco acondicionamiento del terreno.

Los musulmanes a su llegada, acometieron un profundo cambio en el sistema.


Ante la escasez de agua, se comienza a construir aterrazamientos en las laderas, compartimentadas con muros de contención y balates de piedra en pequeñas parcelas o bancales, divididos a su vez con caballones de tierra que encauzaban y repartían el agua  recogida de las lluvias o de las fuentes, si las había.

Una gran variedad de sistemas de captación, almacenamiento y distribución  del agua como alfaguaras, pozos, boqueras acequias etc,  acompañan a este cambio de regadío ampliando las hectáreas de sembrado y aumentando su productividad.

Esta diversificación de secano y regadío,  se traduce en una producción más variada y así, trigo, panizo, cebada, avena, se pueden alternar o compaginar con viñas, hortalizas o árboles como higueras, almendros, palmeras, olivos, o las moreras, alimento de los gusanos productores de la seda que tan famosa hizo esta tierra en época almorávide.

En época nazarí, las zonas rurales se encontraban dirigidas desde las pequeñas alquerías construidas en los límites de los campos de cultivo, núcleos de viviendas de poca entidad concentradas en barrios (harat) o los marchales, pequeñas extensiones de regadío en la zona serrana con un cortijo o vivienda.

Cercanas a los núcleos principales se situaban las almunias, casas de campo de mayor entidad. Las fincas de recreo de los pudientes y cortijos o casas con pequeños huertos y alguna torre, completaban el hábitat diseminado de la vega.

Pero a finales del siglo XV, Almería rompe con su pasado. Conquistada por los cristianos, expulsa a los musulmanes que habían traído esta nuevas técnicas agrícolas y los sustituye por repobladores cristianos con unas ideas distintas de cómo tratar la tierra. La implantación de las instituciones y estructuras  castellanas,  la concesión de señoríos a la nobleza, así como las enormes concesiones a la iglesia, deja bien poco para el campesinado.

 

 

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